martes, 3 de noviembre de 2015

11:05 y sin tabaco.

Pero es muy pronto para salir a la calle, para embarcarse en esa aventura, así que opto por romper el hermetismo de mi bunker: subo la persiana y abro la ventana. Luz, aire. Y siento. El viento me eriza los pezones, la luz me disminuye las pupilas. Todo se encoge.
Y siento -lo de siempre-, que todo merma, se aleja, se hace más y más pequeño y vuelve a caberme en el agujero del pecho, desde el que, otra vez, la angustia empieza a crecer.
Necesito tabaco. Necesito fumar para sentir como el fuego consume el cigarro, el tiempo y la náusea, que ya es arcada, y que como ave fénix no hace más que renacer de sus cenizas.

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