lunes, 19 de septiembre de 2016

Matemáticas aplicadas

Las matemáticas sí son útiles. No sé en que momento de estupidez transitoria me autoconvencí de su falta de dimensión humana. Pero lo cierto es que sirven como medio para construir e investigar sobre un sin fin de innumerables. Y para analogías. En esto último son también muy útiles. Quiero decir, imaginemos una función creciente, una parábola: una parábola creciente que representa el tiempo (x). Tiempo y otra serie de cosas (y), cosas que suman y que lo abarcan todo: que son risa, y sexo, y bronca, y golpe, y medias sonrisas, guiños, pipas, parque, frío.
Nah, no es que sumen, es que elevan y como no puede ser de otro modo, la función crece, exponencialmente, hasta llegar al punto de inflexión, que aparece de la nada, y que, desde el momento en que nace, se alimenta de eso, de más nada. Detiene la función, y vuelve el tiempo en nuestra contra. Sigue corriendo, el tiempo sigue corriendo, exactamente a la misma velocidad de antaño, exactamente en la misma dirección, pero ahora nos pesa. Ahora la función cae. Rápido. 

                    Ya estamos muertos.

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